Conferencia de Seguridad de Múnich 2017:aplausos tibios y preocupación por Occidente

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La Conferencia de Seguridad de Múnich, celebrada anualmente en febrero, no ha servido para tranquilizar a los aliados europeos a un mes de la toma de posesión del presidente Trump. No ha acudido, desde luego, el mandatario americano, pues prefiere cultivar el favor del electorado de la América que le respalda con una agenda más volcada en los asuntos internos, sociales o económicos. La política exterior la deja para sus subordinados, cuya misión se ha reducido a intentar tranquilizar o matizar las opiniones controvertidas de Trump, aunque poco se puede explicar de sus silencios, que son el terreno favorito para las ambigüedades de una presidencia cuyo rasgo principal es la capacidad de resistencia del inquilino de la Casa Blanca ante las tormentas mediáticas, sociales o políticas.

El secretario de Defensa, Jim Mattis, habló del legado de la libertad y la amistad en la Alianza Atlántica, o de trabajar juntos para un futuro pacífico o próspero, sin dejar de recordar que no solo existen las realidades estratégicas sino también  las  necesidades políticas, que hacen indispensable compartir las cargas económicas de la seguridad. No era un discurso fervientemente atlantista, centrado en los valores compartidos, pero tampoco era  del todo novedoso. Obama habría sido menos explícito que los miembros de la Administración Trump en las exigencias económicas, si bien compartía este punto de vista y su europeísmo siempre resultó poco convincente ante quienes creían que EEUU estaba desplazando sus intereses a las orillas del Pacífico. Pero la intervención del vicepresidente Mike Pence en Múnich no fue más afortunada, pese a insistir en que EEUU apoya fuertemente a la OTAN, aunque repitió que los costes deben ser compartidos. No faltaron tampoco los recuerdos históricos: caída del muro de Berlín, liderazgo de Reagan, Thatcher, Kohl, Walesa, Havel… Sin embargo, su discurso solo alcanzó aplausos tibios.

En resumen, ¿alguien se creyó que la relación trasatlántica seguiría como hasta ahora, o incluso más potenciada, si los aliados incrementaran sus gastos de defensa?

La preocupación ante los discursos de los representantes de la Administración Trump en Múnich va más allá de lo meramente económico o estratégico. Lo que está en juego es el concepto de Occidente, tal y como lo hemos conocido desde el final de la II Guerra Mundial. EEUU no cometió el error de desentenderse de Europa, tal y como había hecho en la contienda anterior, y promovió una alianza de las democracias de Europa y América del Norte frente al bloque comunista. Esta alianza, la OTAN, actuaba en paralelo al proceso de integración europea, aunque en algunas ocasiones afloraran sonoras discrepancias entre europeos y americanos. Finalizada la guerra fría, las ampliaciones de la OTAN y la UE pretendieron ser un ejemplo de que Occidente expandía sus valores, aunque el tiempo ha demostrado que el apresuramiento en algunas adhesiones de países, en aras de la estabilidad, no resultó un buen consejero.

Sin embargo, los problemas de la relación trasatlántica también se encontraban en territorio estadounidense. Hablando con franqueza: el presidente de EEUU fue tradicionalmente identificado como el líder del mundo libre. Aquí está mi pregunta: ¿cuál fue el último presidente americano que se identificó como tal, no solo en las palabras sino en los hechos? George W. Bush no vio reconocido su liderazgo por destacados aliados europeos por haber desencadenado la invasión de Irak, pese a alegaraque lo hizo por librar al mundo de una tiranía; Barack Obama, pese a la brillantez de sus discursos, daba a veces la impresión de ser un primer ministro canadiense, por no decir australiano… ¿Y qué decir de Donald Trump, y de su América First? Habrá que dejar que los historiadores diluciden si el último líder del mundo libre fue Bill Clinton, George H. W. Bush o Ronald Reagan.

Con todo, el senador republicano por Arizona, John Mc Cain, que asiste desde hace cuatro décadas a la conferencia de Múnich, tiene las cosas más claras. A sus ochenta años, este crítico de Trump y rival de Obama en la elección de 2008, ha expuesto en la capital bávara su preocupación por el deterioro de los valores universales en el mundo actual y el resurgir de valores basados en la raza, la sangre o el sectarismo. Pero su mayor inquietud proviene de su sensación de que EEUU pretende abandonar el liderazgo global. Es evidente que el escenario internacional ha cambiado, aunque McCain matizó que se deben apreciar los límites del poder americano sin cuestionarse los valores del bien y la justicia que se identifican con Occidente, y añadió: “Debemos entender y aprender de nuestros errores, pero no podemos quedarnos paralizados por el miedo. Esa es la definición de la decadencia… Nuestros adversarios saben que poco tienen que ofrecer al mundo más allá del egoísmo y del miedo. Por tanto, intentarán minar la confianza en nosotros mismos y la creencia en nuestros propios valores”.

No faltarán quienes afirmen que ni Mc Cain, ni su país, pueden presumir de ser la encarnación del bien. Es cierto. No hay ser humano, ni partido político, que tenga el monopolio de la bondad. Pero también estoy seguro de que muchas personas, aunque no compartan el punto de vista de Mc Cain, sí estarán de acuerdo con la cita que el senador hizo del discurso de William Faulkner al recibir el Premio Nobel de Literatura, cuando afirmaba su negativa a creer en el final del hombre y proclamaba que es inmortal, pues tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, sacrificio y resistencia. No es difícil asegurar que Faulkner hubiera estado también en contra de esa conculcación de los valores occidentales que implican los decretos anti-inmigración de Trump.

Algo positivo se puede concluir de la conferencia de Múnich: hay quienes se resisten a aceptar el final de Occidente. En este sentido, el ministro ruso de asuntos exteriores, Serguei Lavrov, no se ha privado de hablar en la ciudad alemana de “un mundo post-occidental”. Pero probablemente no lo habría hecho si Donald Trump no estuviera ocupando la Casa Blanca.


El adiós a la Historia del presidente Obama

La era Obama ha terminado. Pocas veces un presidente despertó tantas esperanzas y expectativas. En el verano de 2008 era un candidato singular, capaz de reunir multitudes en la puerta de Brandenburgo berlinesa, como si de un nuevo Kennedy se tratara, y un año después se le otorgaba el Premio Nobel de la Paz, no tanto por los méritos realizados sino por las ilusiones despertadas. Al recoger su galardón en Oslo, el presidente pronunció un discurso sobre la guerra justa que ningún líder de la Europa posmoderna hubiera asumido, pero los políticos europeos y a los medios de comunicación optaban entonces por una Obamanía acrítica, un producto más de imagen que de contenidos.

Barack Obama tenía un sentido de la Historia, al que no están acostumbrados los políticos europeos, con la posible excepción de los franceses, y seguramente tampoco lo están sus compatriotas de la segunda década del siglo XXI. Se trata de una visión de la Historia, en la que son habituales las comparaciones con otras presidencias del pasado, y ese enfoque histórico llega a ser utilizado por los analistas –y los propagandistas- para escudriñar el rumbo de la presidencia. En el primer mandato, se diría que Obama pretendía transformarse en un Lincoln, al ser el primer presidente negro que llegaba a la Casa Blanca o al desplegar una amplia capacidad para integrar a sus rivales del partido demócrata. Con todo, al ser una época de crisis económica, las comparaciones más socorridas podían ser las de un Roosevelt, con sus programas de intervención del Estado en la economía. Además, si se trataba de desplegar ilusiones colectivas, el modelo imprescindible parecía el de Kennedy, con atractiva pareja presidencial incluida.

Hace ocho años, Obama declaró que su filósofo de cabecera era el teólogo protestante Reinhold Niehbur, el hombre que en La ironía de la historia americana, denunció las tentaciones del poder y puso en duda que EEUU fuera la “nación indispensable”. Con el paso del tiempo, Obama dejó de mencionar a esta voz crítica de los años posteriores a la II Guerra Mundial, acaso porque un presidente no puede cuestionar abiertamente la política exterior de sus predecesores, si bien esto no le impidió marcar distancias con George W. Bush al retirar a las tropas americanas de Irak a finales de 2011. Decisiones de este tipo sirvieron para que los adversarios de Obama compararan su política exterior con la de Jimmy Carter, considerado un hombre indeciso y un blanco de humillaciones. Estos reproches se avivaron tras el asalto al consulado americano en Bengazi y el no cumplimiento de la promesa de atacar al régimen de Asad en Siria por haber utilizado armas químicas.

¿Cómo respondió Obama a sus críticos? Presentándose como un admirador del presidente republicano Eisenhower, que no quería llevar al país a guerras costosas e impopulares. Las crisis de Suez y Hungría en 1956 pretendieron ser una demostración, aunque ello exasperara a algunos aliados, de que la fuerza militar no siempre sirve para resolver los problemas. De hecho, Obama citó a Eisenhower en un discurso en la academia militar de West Point en 2014, al asumir su percepción de que la guerra es trágica y estúpida, y que no es conveniente buscarla y menos aconsejarla. En este sentido, al igual que Eisenhower, Obama prefería las operaciones encubiertas, tal y como se demostró con la eliminación de Bin Laden y el uso habitual de drones.

Obama presumía de no tener una doctrina específica en política exterior, aunque muchos quisieran encasillarle en las filas del realismo. Decía admirar a George H. Bush, que en  la guerra del Golfo (1991) no quiso terminar el trabajo de liberar Kuwait con la caída del régimen de Sadam Hussein, pues temía las consecuencias de alterar el estatus quo. Se dio además el caso de que se le comparara con Richard Nixon, el presidente que se retiró de Vietnam y abrió una nueva era de relaciones con China. Sin embargo, Obama se marchó de Irak sin lograr por ello un acercamiento a Irán.

El presidente Obama, audaz y ambiguo al mismo tiempo, pretendió alcanzar un complejo equilibrio entre intereses y valores. El problema es que, quizás sin pretenderlo, decepcionó a muchos de los aliados de Washington en Oriente Medio, Asia y Europa. Seguramente no creía en el excepcionalismo americano, pero los aliados no querían desprenderse de la sombra protectora de EEUU y menos todavía alterar el escenario geopolítico. El vacío de poder, o la apariencia del mismo, les produce pánico, y esta percepción puede influir negativamente en el juicio de la Historia sobre el presidente Obama.


Consejos para la diplomacia de Trump: ¿una apuesta por un equilibrio inestable?

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El historiador británico Niall Ferguson, el biógrafo oficial de Henry Kissinger, ha hecho una interesante reflexión de cómo habría de ser la política exterior de Donald Trump. Ferguson admira la perspectiva mundial de Kissinger, de mente muy despierta a sus noventa y tres años, e imagina un escenario geopolítico plenamente adaptado a las clásicas teorías del equilibrio de poder entre las grandes potencias. Ha de ser el equilibrio, y no tanto el Derecho o las organizaciones internacionales, lo que garantice la paz mundial. Es lo mismo que afirma el ex secretario de Estado norteamericano en su libro World Order (2014), y Ferguson, con abierto entusiasmo, defiende esta teoría ampliamente extendida en Europa entre la paz de Westfalia (1648) y el final de la II Guerra Mundial (1945). La teoría del equilibrio era la base de los tratados, pero como el equilibrio es, por definición, inestable nunca fue capaz de evitar las guerras.

En la revista The National Interest (23-11-2016), Ferguson pasa revista a las prioridades de la diplomacia norteamericana haciendo suyas las opiniones de Kissinger en los siguientes ámbitos:

  • Mejorar las relaciones EEUU-China: Trump no debería enfrentarse a Pekín ni en el ámbito económico ni con su flota en las aguas del mar de la China meridional. Cualquier incidente puede desencadenar una peligrosa confrontación. Hay que mantener un diálogo permanente con Xi Jiping.
  • Reconocer a Rusia un estatus de gran potencia: Acosar a Rusia impidiéndole conservar su área de influencia llevará a la inestabilidad de este gran país y alentará secesiones internas que podrían repetir el escenario de las guerras de la antigua Yugoslavia. En consecuencia, Ucrania debe olvidar sus aspiraciones europeas y atlánticas. En el mejor de los casos, debe seguir el camino de las neutrales Austria y Finlandia durante la guerra fría.
  • Persuadir a Europa de que la diplomacia sirve de poco sin hacer uso efectivo de la fuerza: La visión de Kissinger sobre Europa siempre fue escéptica desde la década de 1970. Quien cree en el sistema de equilibrio, considera ilusorio el proceso de integración europeo. Ve en el Brexit una oportunidad para que Europa adquiera responsabilidades estratégicas, pero en el fondo duda de que tenga éxito.
  • Propugnar un papel más activo de Washington en Oriente Medio: Habría que llegar a un acuerdo en Siria similar a los acuerdos de Dayton que dividieron de facto Bosnia-Herzegovina en 1995. No hay que abandonar una política de contención respecto a Irán, aunque se respete el acuerdo nuclear, y con esa política los norteamericanos recuperarán la confianza de Israel, Arabia Saudí y el resto de las monarquías del Golfo. Respecto al conflicto palestino-israelí, se aconseja mejorar las condiciones de vida de los palestinos y profundizar en su autonomía política aunque sin otorgarles plena soberanía. Ni que decir tiene que se hará preciso un entendimiento con Moscú en la región sobre todo si se pretende destruir al Daesh.

Son propuestas de pleno realismo, aunque conllevan una serie de riesgos, entre ellos el de saber que toda teoría del equilibrio se caracteriza por su provisionalidad.

Si la diplomacia norteamericana en Europa apuesta por los vínculos bilaterales, sobre todo con Francia y Gran Bretaña, corre el riesgo de dejar en segundo plano a Alemania que, hoy por hoy, es el núcleo central de Europa.

Si se hace una mejora de relaciones con Rusia, los países como Polonia o las repúblicas bálticas pueden sentirse traicionados.

Del mismo modo, una profundización de relaciones con China conllevará  una gran desconfianza en Japón y otros aliados asiáticos de Washington.

La visión del mundo de Kissinger, secundada por Ferguson, convierte el mundo en un condominio estratégico entre EEUU, Rusia y China. No era muy diferente la visión de Kissinger cuando era secretario de Estado. En este escenario Europa y Japón brillan por su ausencia, pero también son ninguneados países emergentes como Brasil, India y Sudáfrica. Por otro lado, Turquía será un perdedor en cualquier posible entente ruso-norteamericana.

Cabe preguntarse si este es un escenario auténticamente realista o una teoría entresacada de muchas lecturas históricas. Recordemos, no obstante, que en la política exterior de Obama, de un modo menos explícito, también se contempló esta clase de realismo y ya hemos visto los resultados.


El previsible continuismo de la política exterior de Trump

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Navegar por la agenda exterior de Donald Trump, dos meses antes de la toma de posesión de su presidencia, es una labor compleja. El analista no puede limitarse a recordar las propuestas que ha hecho a lo largo de su campaña electoral y que han sembrado la alarma entre algunos aliados de Washington. Alguien dijo alguna vez que las promesas electorales se hacen para no cumplirlas, pero no deja de ser una afirmación superficial pues un candidato quiere llevar a la práctica su programa, aunque solo sea en parte si las circunstancias no acompañan. Lo que lleva a cuestionar un programa político es que pueda darse de bruces con la realidad, y aun así hay líderes políticos que lo sacrifican todo o a su ideología, o a sus apetencias personales.

 

Es fácil decir que Trump supone una ruptura con Obama, pero, ¿será realmente así en política exterior? Al actual presidente se le ha acusado de ejercer un liderazgo entre bastidores, el famoso leading from behind,. Esta opinión sirve para considerarle un presidente que opta por la ambigüedad y practica un aislacionismo que no se atreve a confesar su nombre. También se dijo de él que no podía ser considerado el líder del mundo libre, como los presidentes de la guerra fría, y que haría un excelente papel si hubiera llegado a ser primer ministro de Canadá. Una política opuesta a este planteamiento requeriría un mayor intervencionismo en el exterior, pero no es eso lo que cabe esperar de Trump. Es cierto que el eslogan del presidente electo es Make America Great Again, aunque esto solo puede ser entendido desde otro eslogan tradicional de los republicanos, America First. Tras los fracasos exteriores de la presidencia de Bush y la crisis económica de 2008, se diría que grandeza de América reside en el interior, y en ese sentido se comprende la afirmación de Obama de que las tareas de nation building, en la línea de las practicadas con escaso éxito en Afganistán e Irak, deben ejercitarse, ante todo, en casa. Donald Trump estaría de acuerdo con su predecesor. No debemos esperar de él ni políticas neoconservadoras ni mucho menos de internacionalismo liberal.

 

¿Es Trump un aislacionista, al igual que los republicanos de las décadas de 1920 y 1930? En el mundo de hoy no caben esas posturas extremas, pero lo cierto es que la victoria de Trump supone más dosis de soberanismo y nacionalismo en la que sigue siendo la primera potencia mundial. La cooperación internacional siempre ha tenido en la diplomacia norteamericana un alcance limitado, con independencia de quien ocupara la Casa Blanca.  Un demócrata como el célebre diplomático George Kennan creía en el equilbrio de las potencias, como en la Europa del siglo XIX, o un republicano como Henry Kissinger compartía similares postulados al referirse al triángulo diplomático Rusia-China-EEUU.  Los norteamericanos, y en esto no son diferentes de rusos y chinos, prefieren la diplomacia bilateral aunque formen parte de foros multilaterales. Trump no será precisamente quien cambie las cosas.

 

Se habla mucho de la buena relación personal entre Vladimir Putin y Donald Trump. De ahí el pronóstico de una mejora de las relaciones entre Rusia y EEUU. A este respecto, deberíamos recordar el acercamiento de George W. Bush al presidente ruso tras el 11-S, y mucho más reciente el reset  escenificado por Hillary Clinton y Serguei Lavrov  al comienzo de la presidencia de Obama. ¿Quién se acuerda hoy de eso? Más allá de los elogios personales, Rusia espera de la Administración Trump un levantamiento de las sanciones por  el conflicto de Ucrania. ¿Cabe esperar que ambos países sean nuevos socios estratégicos? ¿Está dispuesto Washington a sacrificar a los vecinos de Rusia que son sus aliados? Lo que Rusia siempre esperará de EEUU es su reconocimiento implícito de que sigue siendo una gran potencia como en la  época de la guerra fría. ¿Lo es en realidad, o más bien es una potencia regional con aspiraciones que la sobrepasan?  La desproporción, que no se mide en aspectos militares ni  en el poder de las oscilantes fuentes de energía, es evidente.  ¿Qué ventaja comparativa, si hablamos en términos exclusivamente económicos, aporta Rusia a EEUU? Está claro que la relación personal es totalmente insuficiente.

 

Respecto a la posición de Trump sobre la OTAN, solamente se ha limitado a repetir una constante en la diplomacia norteamericana: la exigencia de que los aliados aumenten sus gastos de defensa. Han insistido en ello, pero con escaso éxito, desde la Administración Bush y la Administración Obama. No hay alicientes para hacerlo en Europa: ni la evolución de la crisis económica ni la percepción de una amenaza exterior más allá del terrorismo islamista. El nuevo presidente no conseguirá mayor receptividad de los aliados en este asunto. La OTAN, al igual que otras organizaciones internacionales, no será sacudida por un cataclismo pero su destino será seguir languideciendo. De vez en cuando, asumirá alguna propuesta con la que reinventarse a sí misma, tal y como ha ido sucediendo desde el final de la guerra fría.

 

¿Cancelará Trump el acuerdo nuclear con Irán? Lo que, en realidad, cancelará serán las esperanzas de convertir a Irán en un nuevo aliado de EEUU, a costa de los socios tradicionales en la región como Arabia Saudí, Turquía o Israel. Trump nunca se ha creído que Irán es una especie de China, comparable a la de Mao visitada por Nixon y Kissinger en 1972. ¿Dónde está el enemigo común para aliarse con ella? ¿Los yihadistas? Es mejor combatirles con la asistencia de saudíes y turcos, que no están dispuestos a que Irán se convierta en la potencia dominante en el área. Reforzar las relaciones con unos aliados ofendidos por la actitud de la Administración Obama será una preferencia para Trump.

 

En cuanto a Siria, no es creíble que surja una alianza consistente entre Rusia y EEUU para combatir al Daesh. Para los rusos es una cuestión secundaria, pues aspiran principalmente a mantener sus bases militares en Siria, sus únicas ventanas al Mediterráneo otorgadas por el régimen amigo de Al Asad. Su apuesta es preservar este  régimen, aunque sea en una extensión territorial reducida. En cambio, los aliados de Washington, Arabia Saudí y Turquía, quieren destruir el régimen sirio. Si Trump da una mayor importancia estratégica a estos socios, no secundará las pretensiones rusas. ¿Se implicará más Washington sobre el terreno en el conflicto sirio? Se pueden intensificar los bombardeos sobre el Daesh, pero poco más. Donald Trump se opone a las intervenciones exteriores, y es conocida su oposición a las guerras de Afganistán e Irak. Una vez más, se impone aquí el eslogan de America First.

 

Por último, la elección de Donald Trump suscita inquietud entre los aliados de EEUU próximos a China. ¿Pueden esperar garantías de seguridad frente al coloso asiático? Los chinos no consideran a los norteamericanos como una potencia del Pacífico, por lo menos del que está cercano a sus costas. Disponen de una gran arma económica: su mercado interior. Cerrarlo o restringirlo a sus vecinos les perjudicaría notablemente. Si a esto añadimos la desconfianza de Trump hacia los tratados de libre comercio, solo cabe reiterar que el Transpacific Partnership (TPP), alternativa económica  de EEUU a China, pasará por horas bajas.  Se extenderá, y de hecho ya ha empezado a extender, la percepción entre los países de la zona que es indispensable una buena armonía con China. La diplomacia de Pekín es maestra en el arte de la seducción política y económica. No vemos al nuevo presidente norteamericano implicándose a fondo para contrarrestarla.