Putin y Erdogan en San Petersburgo: la reunión de dos soledades

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La reunión entre Putin y Erdogan en San Petersburgo, celebrada el 9 de agosto de 2016, estaba prevista mucho antes de la buena sintonía creada entre los presidentes ruso y turco tras el fracaso del golpe en Turquía. Ambos mandatarios se vieron en la obligación de apoyarse mutuamente, no por simpatías ideológicas ni por defensa de una legitimidad democrática. Putin no podía pasar la oportunidad del disgusto de Erdogan ante la tibieza percibida por el mandatario turco en las reacciones iniciales de EEUU y Europa ante el golpe militar. Pero de ahí pensar que en San Petersburgo nace una nueva alianza estratégica, va un abismo. El encuentro presidencial se habría producido, de todos modos, aunque nada hubiera pasado en Turquía.

Las discrepancias continúan en el conflicto sirio, donde Moscú sigue apoyando a su aliado Asad, adversario de Erdogan, aunque un día no tan lejano fueron aliados de conveniencia. El yihadismo es enemigo de los gobiernos ruso y turco, si bien Ankara pudo alimentar un día la ilusión de que el Daesh representa un factor de estabilidad frente al secesionismo kurdo. Sin embargo, los principales motivos del acercamiento ruso-turco son de índole económica: la economía rusa, debilitada por la caída de los precios del crudo, encontrará en la construcción del gasoducto Turkish Stream  o de la primera central nuclear turca una oportunidad de negocio. La reanudación de relaciones favorecerá además a la agricultura, el turismo y la industria de la construcción turcas. Atrás queda el llamamiento de Erdogan a la OTAN para impedir que el Mar Negro se convierta en un “lago ruso”  o la “resurrección” en los medios turcos de la historia de las malas relaciones históricas entre Rusia y el imperio otomano, sin olvidar la crónica de las tensiones de la guerra fría.

Pero si lo analizamos despacio, el encuentro entre Erdogan y Putin no deja de ser la reunión de dos soledades. Hace pocos años, el ex consejero de seguridad nacional de  la Casa Blanca, Zbigniew Brzezinski, defendía la necesidad de integrar en Occidente a Rusia y Turquía. Tal debía de ser la prioridad de Washington en los inicios del siglo XXI, pero luego llegó el conflicto de Ucrania, con la consiguiente política de contención de Rusia por parte de la OTAN, y la deriva de un Erdogan en política interior y exterior hasta el punto de que en EEUU no pocos se preguntaran si habían perdido a Turquía. Hoy el consejo de Brzezinski parece más errado que nunca, aunque, en realidad, tenía más de voluntarismo que de posibilidad real. Si atendemos a la Historia, Rusia y Turquía nunca alcanzaron una integración plena en Occidente. Ni siquiera es seguro que la alcanzaran si sus sistemas políticos se ajustaran plenamente a los estándares occidentales. Para empezar,  una buena parte de la opinión pública europea piensa que ninguno de los dos países pertenece a Europa. Hay políticos que también lo piensan, pero muy pocos lo dicen abiertamente. La Historia pesa mucho. Rusia y Turquía tuvieron una relación compleja con el mundo occidental, sobre todo desde el siglo XIX. Algunos de sus líderes tomaron ideas de Occidente para la modernización, mas nunca pensaron en integrarse en ese conjunto geopolítico y cultural. Basta un detalle: tanto Lenin como Atatürk situaron las capitales de sus países más hacia el interior, hacia el oriente o si se quiere hacia Asia. San Petersburgo y Estambul fueran sustituidas por Moscú y Ankara. Hoy, en día, también las dos naciones miran hacia Asia, a Oriente Medio, a Asia Central o las costas del Pacífico,  aunque ninguna de las dos tiene la capacidad suficiente, ni en lo económico, ni en lo político, ni en lo militar, para influir decisivamente en sus respectivas vecindades.

Más allá de las oportunidades económicas, la reunión de Putin y Erdogan es el testimonio de dos soledades geopolíticas. De ahí no saldrá un frente antioccidental serio. No lo querría Putin, que prefiere negociar bilateralmente con los países europeos o que busca puntos de confluencia con EEUU en la lucha contra el yihadismo en Oriente Medio, pero tampoco lo querría Erdogan.  Turquía necesita el apoyo de Washington y los aliados occidentales para sus aspiraciones de potencia regional, estatus que no conseguirá mientras no alcance un mínimo de estabilidad interna, lo que no es nada fácil en un escenario de concentración del poder.


El general Allen y Donald Trump: dos visiones del patriotismo

general-john-allenEn la convención del partido demócrata el general retirado, John R. Allen, defendió con un discurso de altos tonos patrióticos la candidatura presidencial de Hillary Clinton, a la que consideró la comandante en jefe más adecuada para EEUU.

Es cierto que el discurso no gustó a algunos de los asistentes, quienes corearon consignas a favor de que el país no se mezcle en más guerras, y que algunos analistas políticos han visto en las palabras de Allen una confirmación de que Clinton sería un “halcón” en política exterior. Sin embargo, el próximo presidente norteamericano no tendrá ninguna opción para olvidarse de Irak y Afganistán, unas guerras que Obama pretendió clausurar definitivamente, aunque en otro tiempo había llegado a decir que la primera era la “guerra mala” y de la segunda, la “buena”.  Pero la actual política exterior del presidente  no es solo una cuestión de credibilidad en el liderazgo norteamericano sino que además se asienta en el convencimiento de que en esos territorios existe una amenaza para la seguridad de EEUU. Con todo, no busquemos grandes gestos externos presidenciales en este terreno. En el inquilino de la Casa Blanca, muy interesado en marcar distancias con sus antecesores, parece seguir imponiéndose el  famoso leadership from behind .

Allen pronunció un discurso patriótico, si bien  mucho más realista que otros de Donald Trump, pese a sus vibrantes eslóganes de America First o Make America Great Again . Estas consignas se escucharon en la época de Reagan, el tiempo de una revolución conservadora que pretendía salir al paso de la “debilidad” de Jimmy Carter. Sin embargo, no estamos en la década de 1980, en los últimos años de un imperio soviético que trataba en vano de ocultar sus tremendas carencias. Trump no puede resucitar el reaganismo porque, en el fondo, no cree en él, y lo confunde con un discurso populista que encaja más en la década de 1930, con todas sus secuelas de aislacionismo, proteccionismo, autoritarismo y demagogia, de las que ni siquiera se libró EEUU en ese momento histórico porque estaba profundamente dividido política y socialmente. Solo  el ataque japonés a Pearl Harbor sirvió para despertar al gigante y conducirlo a un entorno de unidad  nacional y patriotismo, en aquel momento bajo el liderazgo de Franklin D. Roosevelt, el único presidente que ganó cuatro elecciones consecutivas. Hay además diferencias con la época presente:  EEUU en el período de  entreguerras abandonó a sus aliados europeos para concentrarse, en política exterior, en su “patio trasero” latinoamericano. En cambio, hoy apenas se habla de la Doctrina Monroe y Washington mira con especial interés a la región de Asia-Pacífico sin descuidar a Europa.

EEUU no debería confundir el patriotismo ni con la nostalgia ni con el miedo. Estos dos sentimientos son pilares del populismo, que habla de una edad de oro en un pasado supuestamente cercano y glorioso,  aunque cualquier historiador serio se daría cuenta de que no fue del modo en que se empeñan en recordarnos. Desgraciadamente en el discurso político de Trump se prefiere la leyenda a la historia. El candidato apuesta por imágenes sugerentes de un pasado que difícilmente volverá, y dichas imágenes se apoyan en el arte del storytelling, por no decir de la política-espectáculo.

El general Allen ha tenido que recordar a los aliados europeos y asiáticos de EEUU que su país respetará las alianzas y los tratados, aunque no haya nombrado expresamente a un Trump que parece cuestionar los pactos remotos y recientes. La alusión más directa al candidato republicano ha sido: “Nuestras relaciones internacionales no serán reducidas a una transacción de negocios”. En efecto, las relaciones económicas, pese a lo que digan algunas teorías, no son determinantes para evitar las guerras, y menos todavía si los gobernantes se aferran a los réditos electorales de un mayor proteccionismo. Por lo demás, hay  ejemplos históricos de que importantes socios comerciales, como Francia y Alemania, se enfrentaron con las armas aunque lo “razonable” hubiera sido no hacerlo.

El gran error de Trump puede ser dejar en manos de los demócratas el monopolio del patriotismo, pese a ser a proclamarse como uno de sus grandes defensores. El general Allen  hablaba de hombres, mujeres, razas, etnias, religiones o credos en un futuro de unidad y esperanza. Un patriotismo asentado en valores comunes, y no exclusivo de un determinado grupo. En consecuencia, habrá republicanos que voten a Hillary Clinton, lo mismo que en el pasado  otros votaron a Roosevelt o a Obama.

Sea cual fuere el resultado electoral, los grandes perjudicados serán los republicanos. En caso de ganar, se encontrarían que  el prestigio de un partido de más de siglo y medio de historia ha sido gravemente dañado por un outsider. En caso de derrota, llegaría otra presidencia demócrata, en la que no es difícil pronosticar tensiones y contradicciones en un escenario político interno y externo de grandes desafíos. El pronóstico del analista Aaron David Miller, en su libro The End of Greatness (2014), parece estar cumpliéndose. La era de los grandes presidentes se ha acabado. Las expectativas de los ciudadanos de tener un presidente que haga historia chocan con la realidad política de nuestro tiempo.

Pese al discurso patriótico, Donald Trump calificó a Allen de “general fracasado”, lo que equivalía a preguntar: ¿Cuáles son sus logros como comandante en jefe de la ISAF en Afganistán o en la dirección de la coalición global frente al Daesh? El candidato republicano debería saber que estos desafíos no pueden gestionarse como si fueran una cuenta de pérdidas y ganancias. Hacen falta instrumentos militares, pero no solo militares, tal y como reconoció el propio Allen. Por de pronto, Trump no concreta cómo haría frente a esos retos. Desde luego, no se pueden abordar con métodos de la década de 1940, ni siquiera de la de 1980, la época dorada empresarial de Donald Trump.


Golpe fallido en Turquía: ¿un “regalo de Dios”?

Turkish President Tayyip Erdogan speaks to media in the resort town of Marmaris

Se dice que el fallido golpe de Estado en Turquía ha fortalecido a Erdogan. Desde este planteamiento se comprendería muy bien aquella frase del presidente turco, en su primera comparecencia en la televisión de que el golpe había sido “un regalo de Dios”. Puede que haya sido un regalo para Erdogan, pero no  para Turquía. Es una amarga victoria que la intervención militar se haya cerrado con 265 muertos y 2839 detenidos, sin contar las depuraciones en la administración de justicia.

La versión oficial es que la democracia turca se ha salvado de una dictadura militar, cuando, en realidad, esto no era un fin en sí mismo. El golpe ha estado dirigido contra el presidente de la república y en el programa de los sublevados, difundido desde Ankara por la televisión estatal, figuraba la formación de un consejo de gobierno provisional y los preparativos para redactar una constitución que supuestamente restauraría la democracia en Turquía. En este sentido, el espíritu que animaba a los golpistas no era muy diferente del de las intervenciones militares de 1960 y 1980, que dieron lugar a nuevas etapas políticas con nuevos textos constitucionales. Sin embargo, la sociedad turca de hoy poco tiene que ver con la del pasado reciente. Las victorias consecutivas del partido islamista AKP desde 2002 han cambiado el escenario político, y los partidos de la oposición, socialdemócratas, nacionalistas o kurdos,  no han podido debilitar esta hegemonía. Era, por tanto, comprensible que un partido que obtiene más del 50% de  los votos contara con el respaldo popular suficiente para lanzar a sus partidarios a la calle siguiendo las consignas de Erdogan de “defender la democracia”. De ahí la multiplicación de vigilias y manifestaciones ciudadanas en las ciudades turcas. Los partidos de la oposición poco tienen que agradecer a Erdogan, pero tampoco sus abiertas discrepancias con el jefe del Estado podían llevar a un apoyo a un golpe que suponía el retorno de la intromisión directa de los militares en la vida política. De hecho, los golpes del pasado perjudicaron a toda la clase política y no solo a aquellos que fueron desplazados del poder. Tocaba, por tanto, expresar abiertamente su apoyo a Erdogan y que éste se lo agradeciera, con abierta satisfacción.

Quizás el principal error de los golpistas, si así lo pensaron, fue creer que en Turquía se pudieran reproducir los sucesos de Egipto en julio de 2013: el derrocamiento del presidente islamista Mohamed Morsi. Aquello fue a la vez un golpe militar y un levantamiento popular que volvió a llenar la plaza Tahrir en El Cairo. Esto explica que, pese a las obligadas reticencias ante un golpe de estado, las reacciones de EEUU y Europa fueran comedidas porque buscaban la estabilidad para Egipto, ayer con Mubarak y hoy con El Sisi. En cambio, en Turquía solo es una parte del ejército, aunque nada desdeñable, la que se ha alzado en armas. No ha sido un levantamiento cívico-militar y ante el cariz de los acontecimientos, los líderes occidentales expresaron su apoyo a la democracia turca tras una inicial y no menos obligada cautela. No deja de haber un cierto pragmatismo en esta postura. Es verdad que el golpe habría puesto fin al gobierno del incómodo e imprevisible Erdogan, aunque habría abierto un nuevo frente en Turquía en unos momentos en que este país es esencial en la lucha contra el Daesh. Es un escenario de pesadilla imaginarse que desde las mezquitas de todo el país, y en especial de la Anatolia profunda, se hicieran llamamientos a la resistencia contra los militares y en apoyo a un presidente islamista. Si en un solo día ha habido tantos muertos, no es descabellado que podría haber muchos más en un clima de guerra civil. Las consecuencias serían terribles para lo que quedara de la democracia y el Estado de Derecho turcos.

Y cómo Erdogan se cree más indispensable que nunca para Washington, el gobierno turco no deja de aprovechar la oportunidad de solicitar la extradición del clérigo Fetulá Gülen, en otro tiempo aliado de Erdogan, al que acusa de instigar el golpe. Sería una prueba de buena voluntad del aliado americano con la democracia turca. Es ciertamente una cuestión judicial, no política, pero también una ocasión para el presidente turco de exhibir firmeza ante su pueblo. Con independencia de la extradición de Gúlen, el golpe podría brindar a Erdogan otra oportunidad para reformar una constitución que hiciera de Turquía la república presidencialista buscada desde hace tiempo. Ganar un referéndum en este sentido, ya que no dispone de la mayoría parlamentaria suficiente para la reforma, sería su gran victoria.

Se entiende que Erdogan haya dicho que el golpe militar es un “regalo de Dios”. Pero en la inestable Turquía de hoy, acosada por problemas exteriores e interiores, los regalos también tienen fecha de caducidad.


Rusia y la OTAN tras la cumbre de Varsovia: la tensión en sus justos límites

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No hemos encontrado ningún titular de prensa que diga así: “Crece la tensión con Rusia tras la Cumbre de la OTAN en Varsovia”, ni tampoco ninguna alusión a una rueda de prensa del ministro de asuntos exteriores ruso, Sergei Lavrov, en la que se vertieran fuertes críticas a la reunión de los Jefes de Estado y de Gobierno de la Alianza. Hemos leído, en cambio, un comentario de la portavoz del ministerio, María Zakharova, que podemos calificar de “mesurado”, sin que esto suponga un abandono de los habituales argumentos empleados por la diplomacia rusa.

El comentario de Zakharova es un ejemplo de que las relaciones entre Moscú y los Estados occidentales no están ancladas, pese a las apariencias, en las coordenadas del verano de 2014, poco después de producirse la anexión de Crimea y de recrudecerse el conflicto en Ucrania oriental.  Por un lado, la OTAN sigue siendo fiel a su estrategia de combinar la contención y el diálogo con Rusia.  En este sentido, los términos del párrafo 3 de la Declaración de Varsovia se refieren a “las agresivas acciones de Rusia, incluyendo  las provocadoras actividades militares en la periferia del territorio de la OTAN y su demostrado propósito de alcanzar objetivos políticos por la amenaza y el uso de la fuerza”, y no falta una enumeración de las actividades militares rusas consideradas una amenaza para la estabilidad y seguridad de Europa (párrafos 9 y 10).  Pero, a pesar de todo, incluida la suspensión de la cooperación práctica civil y militar con Rusia, la Alianza reafirma su propósito de mantener el diálogo político por medio del Consejo OTAN-Rusia  y de las líneas militares de comunicación existentes. El objetivo, conforme al párrafo 12, es evitar malentendidos, errores de cálculo o escaladas que lleven a una confrontación no deseada, en el fondo,  por ninguna de las partes. Sin embargo, en el párrafo 15 se reitera la llamada a un cambio de actitud de Rusia para que las cosas vuelvan a la normalidad.

¿Quién cree, de verdad, que se puede volver a la situación anterior a 2014? Es como intentar que la pasta de dientes salida de un tubo vuelva a entrar otra vez dentro. Los occidentales pueden dar a Moscú toda clase de argumentos jurídicos basados en el derecho internacional, pero los rusos no sacrifican sus razones históricas, por no decir geopolíticas, a ningún normativismo, o bien interpretan las normas en función de sus intereses y de unos valores para nada ajenos a su historia secular. Para Moscú, Crimea es un tema que no tiene vuelta atrás y para el que tienen también sus argumentos jurídicos, desde un referéndum hasta las decisiones al respecto del poder legislativo ruso. Respecto al  asunto de Ucrania oriental, lo interpreta como algo que está en manos de Kiev para alcanzar algún tipo de solución que respete los derechos de los ucranianos rusófonos. En consecuencia, habría que ceñirse al statu quo y no obsesionarse con “una ilusoria amenaza del este”, en palabras de Zakharova.  Sí, hay una amenaza a la seguridad en Europa, reconoce la portavoz rusa, pero viene del sur, entendiendo por tal el terrorismo islamista. Está en lo cierto, pues no se puede negar que afecta tanto a Rusia como a Europa, y el hecho de que los atacantes del aeropuerto de Estambul fueran originarios de repúblicas ex soviéticas de Asia Central es un ejemplo entre otros que se podrían citar.

María Zakharova critica en su comentario los intentos de la OTAN de romper el equilibrio de fuerzas en Europa, incluyendo el despliegue del sistema antimisiles de la Alianza, pero al mismo tiempo saluda la reunión, prevista para el 13 de julio, del Consejo OTAN-Rusia. Y en su propósito de no elevar la tensión más allá del nivel existente, la portavoz elogia la propuesta del presidente finlandés, Saulii Niinisto, para mejorar la seguridad aérea en el Báltico.

Corren rumores de una mayor proximidad entre  la OTAN y los dos únicos países nórdicos neutrales, Suecia y Finlandia, e incluso de un proceso de incorporación de ambas naciones a la Alianza, pero es difícil pensar que no estemos ante una situación coyuntural. En el  pasado mes de abril, el partido gobernante en Helsinki apuntó en un documento que Suecia y Finlandia deberían ingresar simultáneamente en la Alianza. Pero el presidente Niinisto, que invitó a Putin a visitar su país recientemente, no está de acuerdo con esta idea, por lo que se ganó las críticas de algunos políticos suecos y lógicamente las de políticos bálticos. En realidad, el mandatario finlandés no dice nada distinto de la posición oficial de la OTAN: “la comunidad internacional debe dejar claro que Rusia actúo de manera incorrecta con respecto a Crimea, pero es importante mantener el diálogo con Moscú”. También dijo algo parecido, en otro contexto, el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, al referirse a la necesidad de mantener el diálogo con Rusia, en beneficio de las dos partes, y a pesar de las sanciones.

La reacción de Rusia a la Cumbre de Varsovia es de alcance limitado, tanto como el de la propia OTAN, que quiere seguir teniendo abierto un foro de diálogo con Rusia. La tensión en sus justos límites.


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