Chimerica de Niall Ferguson: retorno al realismo de Kissinger

El historiador británico Niall Ferguson acuñó en 2007 el término Chimerica ,  una deseable asociación de EEUU y China en un escenario global, y ha vuelto a referirse a ella en una reciente conferencia en la universidad de Pekín. El texto de la conferencia confirma la adscripción de Ferguson a la escuela del realismo político en las relaciones internacionales, y tampoco es casualidad que este historiador esté finalizando la segunda parte de una biografía de Henry Kissinger. En función de este realismo, un conservador norteamericano, en este caso anglosajón, puede entenderse perfectamente con un régimen nacional-comunista chino. No otra cosa,  hicieron Kissinger y Nixon en su histórico viaje a Pekín en febrero de 1972.

Si las relaciones internacionales no han de enfocarse desde un prisma ideológico sino que han de basarse en el tradicional equilibrio entre las grandes potencias, tan querido a Kissinger y a su admirado canciller austriaco Metternich, no resulta extraño que Ferguson cuestione el orden internacional liberal. Para empezar, el historiador británico considera que nunca ha habido realmente un orden, y menos todavía internacional. Su escepticismo está, como él mismo reconoce, en la línea de Gandhi que pensaba que la civilización occidental sería una buena idea. Ferguson sale al paso de la opinión de politólogos y periodistas que creen que el orden liberal internacional surgió en 1945 de la mano de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra y de las instituciones de rango universal creadas en aquellos años: las Naciones Unidas, el FMI, el Banco Mundial… La elección de Donald Trump representaría, en consecuencia, la llegada de un político que cuestionaría ese orden liberal, con todo lo esto que supondría para la seguridad y la estabilidad globales.

Ferguson piensa que esto es una falacia histórica. Aquellas instituciones económicas eran de corte keynesiano, marcadas por un intervencionismo de los Estados ajeno al liberalismo clásico, y además no existía un orden liberal en lo político: tan solo el equilibrio de las grandes potencias en un mundo bipolar y sometido al riesgo de destrucción por las armas nucleares.  El historiador insiste en que el período de la guerra fría no correspondió a la implantación de un orden liberal. En mi opinión, nuestro historiador solo tiene razón a medias: ciertamente no dominaba el mundo, pero existía un Occidente, compuesto por Europa occidental y EEUU, que se identificaba en líneas generales con los sistemas liberales democráticos, que no equivalían, después de las experiencias de la gran depresión y de la guerra, al liberalismo clásico del siglo XIX. Existía un orden liberal democrático, unido en gran parte por la existencia de un adversario común: el bloque soviético  y sus aliados.

Sin embargo, Ferguson parece identificar el orden liberal con el libre comercio y la libre circulación de capitales. En este sentido, los felices 90 serían la época dorada de este liberalismo, la del auge del proceso de globalización. Esa época llegó a su fin con la crisis económica y financiera de 2008. El período citado representó la gran oportunidad para la emergencia de China como potencia global, y esas expectativas no desaparecieron en 2008. Antes bien, continuaron creciendo y el antiguo imperio del centro se convirtió en la segunda potencia económica mundial. ¿Qué pasó entonces con el orden liberal internacional?

Al ser economicista el enfoque de Ferguson  sobre el orden liberal, la conclusión lógica, y no es precisamente una paradoja, es que la China de Xi Jinping puede ser uno de los puntales de dicho orden. El discurso del presidente chino en Davos en 2017 iba en esa dirección. China, defensora del librecambio frente al proteccionismo de la Administración Trump. Un admirador de Kissinger como Ferguson no puede concebir a Pekín y Washington  enfrentados en lo económico, lo político y lo militar. No se debe caer en lo que algunos analistas norteamericanos, como Graham Allison, han llamado la “trampa de Tucídides”, una repetición del conflicto entre el poder naval de Atenas y el poder terrestre de Esparta, un símil que también hicieron aflorar los historiadores  en vísperas de la guerra de 1914. Es el momento para Ferguson de resucitar Chimerica, aunque Trump no parezca muy entusiasmado con la idea, pero quizás acabe reconociendo implícitamente su necesidad sin dejar por ello de halagar a quienes le votaron por sus críticas a China como rival comercial. No lo dice expresamente Ferguson, pero quizás esté convencido de que si el comunista Mao y el republicano Nixon se entendieron en 1972, ¿por qué no pueden hacerlo los presidentes norteamericano y chino en un momento histórico en el que las ideologías no importan demasiado?

Chimerica nace de la identificación de retos comunes en el mundo de hoy: yihadismo, proliferación nuclear, ciberguerra, cambio climático… La agenda, juntamente con los intereses económicos, es más amplia de la que pudiera tener EEUU con Rusia, una potencia con un cierto declive si se la compara con China.  Pero Ferguson, buen conocedor de la historia de las relaciones internacionales, es consciente de que Chimerica nunca puede ser una alianza, por muy informal que fuera, pero sí puede aspirar a ser una entente, por emplear un término en boga en las primeras décadas del siglo pasado. Tampoco es realista pensar que vamos hacia un mundo bipolar. Las demás potencias, representadas en el Consejo de Seguridad de la ONU, han de ser tenidas también en cuenta: Rusia, Gran Bretaña y Francia.

Quien tenga en mente la asociación estratégica entre China y Rusia de los últimos años, se preguntará sobre el papel que Ferguson otorga a Rusia. El historiador se limita a señalar que Rusia debería ser persuadida para trabajar en cooperación con todas y cada una de las demás potencias del Consejo. Pese a los esfuerzos desplegados por EEUU en la posguerra fría por buscar puntos de interés común con Rusia, este país se ha convertido en el principal rival de los norteamericanos. Es muy probable que Ferguson tenga la convicción de que Chimerica, como en los tiempos de Kissinger y Nixon, sea un modo de contrarrestar a Rusia. Desde que finalizó la guerra fría, Rusia conoce una cierta soledad en la escena internacional, aunque el crecimiento de su influencia en Oriente Medio pudiera hacer creer lo contrario. No son pocos los rusos que piensan, aunque no lo expresen abiertamente, que el acercamiento a China es de pura necesidad y de conveniencia.  Es también evidente que Chimerica tampoco les hace muy felices. La pregunta ahora obligada es si los aliados tradicionales de Washington en Asia estarían conformes con Chimerica, pues siempre han recelado del poder chino. Su dependencia económica del gigante chino, recordada por Lee Kuan Yew, aquel influyente primer ministro de Singapur con fama de sabio, debería inclinarles hacia el realismo, el mismo realismo defendido por Niall Ferguson.

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Vietnam, los papeles del Pentágono y la guerra perdida del general McMaster

La guerra de Vietnam vuelve a ser actualidad en estos días con motivo del estreno de Los archivos del Pentágono de Steven Spielberg y del medio siglo de la ofensiva del Tet, el comienzo del año lunar vietnamita en que el ejército de Vietnam del Norte y la guerrilla comunista del Vietcong lanzaron un ataque masivo contra los norteamericanos y sus aliados survietnamitas.

A finales de enero de 1968 las fuerzas comunistas lanzaron una ofensiva contra bases militares y zonas urbanas de Vietnam del Sur, en la que resultó alcanzada la propia embajada norteamericana en Saigón. Desde el punto de vista militar, el ataque fue rechazado y los comunistas perdieron más de 50000 combatientes, siendo la guerrilla del Vietcong la más castigada. Y sin embargo, esta victoria sobre el terreno marcó el inicio de la retirada y derrota. La Administración Johnson fue incapaz de comprender que la batalla que más importa en nuestros días es la de la opinión pública, la de la percepción de los hechos por el gran público, un enfoque que suele ser alimentado por los medios en un sentido o en otro. En esta batalla mediática lo de menos son las bajas causadas al enemigo, por muy numerosas que sean, o que este se retire del terreno que ocupa. Si el público cree que se ha iniciado una escalada de un conflicto que hasta entonces se limitaba a acciones de insurgencia y contrainsurgencia, no le bastarán las explicaciones de que el enemigo ha sido derrotado. Su percepción será la de que la situación ha empeorado y puede empeorar mucho más aún. En tales circunstancias, cualquier petición de aumentar el número de fuerzas propias para derrotar “definitivamente” al enemigo, no será vista cómo un paso necesario para ganar una guerra sino como una medida tan peligrosa como contraproducente. En otras palabras, la ofensiva del Tet respondía a un esquema de guerra clásica hasta el momento ausente del escenario de los combates. Los norvietnamitas no volverían a repetirlo hasta la gran ofensiva de abril de 1975 con la que conquistaron todo Vietnam del Sur. Por lo demás, la victoria de 1968 constituyó un espejismo para los norteamericanos, que acaso les hizo creer que la guerra podía ganarse.

Pese al transcurrir del tiempo, hay quienes ponen en duda de que la guerra de Vietnam no se pudiera ganar. El que una cámara de televisión enfocara en dos ocasiones la portada de un libro en una entrevista realizada en casa del multimillonario Thomas Barrack, amigo de Trump, me recordó ese punto de vista. Se trata de un libro del  general Herbert Raymond McMaster, consejo de seguridad nacional del presidente Trump. El nombre de este militar irá siempre asociado a Dereliction of Duty, publicado en 1997, donde no tenía reparos en acusar al presidente Lyndon Johnson y al secretario de Defensa, Robert McNamara, de haber marginado a los Jefes de Estado Mayor de los ejércitos de la toma de decisiones sobre la guerra de Vietnam. Según McMaster, la estrategia diseñada no estaba orientada para ganar la guerra sino para combinar una serie de medidas diplomáticas y militares con el fin de obligar a Vietnam del Norte a dejar de prestar apoyo al Vietcong. McMaster es de esos militares que acusan a los gobernantes de no tener una estrategia para la guerra y de supeditar todas sus actuaciones a sus objetivos políticos. Su libro es una requisitoria contra los políticos que engañaron a la opinión pública y a los militares que les secundaron en la búsqueda de un interés político. Sin embargo, los argumentos de McMaster chocan con una indiscutible realidad: el presidente de EEUU es el comandante en jefe de las fuerzas armadas y tiene pleno derecho de tomar decisiones en temas militares aunque estas sean equivocadas. Esta realidad sigue estando vigente aunque el comandante en jefe sea ahora Donald Trump. Ningún consejero político, socio o amigo le convencerá fácilmente si sus opiniones, aunque estén asentadas sobre la experiencia y la erudición, contradicen los puntos de vista del inquilino de la Casa Blanca. Por lo demás, hay militares que pudieron ganar la Segunda Guerra Mundial, pero que nunca fueron aptos para vencer en guerras mucho más complejas, hoy se diría asimétricas, como las de Corea o Vietnam.

Con todo, tenía algo de razón McMaster al afirmar que la guerra de Vietnam no se perdió sobre el terreno sino en las portadas del New York Times o en los campus universitarios. Puede que el consejero de Trump sea de la opinión de que Daniel Ellsberg, antiguo funcionario del departamento de Defensa y que filtró los papeles del Pentágono, contribuyó a la derrota americana, y que otro tanto hicieron Katherine Graham y Ben Bradlee al consentir publicarlos en el Washington Post, pero la guerra se habría perdido igualmente porque Washington había renunciado desde hacía tiempo a la victoria, acaso por considerarla imposible dada la naturaleza del conflicto, o simplemente por fijarse un objetivo limitado, mucho más diplomático que militar: dejar que Vietnam del Norte apoyara al Vietcong y se sentara a negociar. La relación entre los bombardeos masivos del territorio norvietnamita durante la Administración Nixon y los acuerdos de paz de París (1973) es muy evidente.

Por lo demás, siempre admiraré la lucidez de Raymond Aron y sus crónicas de Le Figaro. En 1966 aquel gran analista francés comparaba la actitud de los norteamericanos con respecto a la guerra de independencia de Argelia con la de los franceses sobre el conflicto vietnamita. Diez años antes un francés podía indignarse de la antipatía o la indiferencia que despertaba entre los norteamericanos la lucha de los franceses contra los independentistas del FLN, pero la respuesta que hubiera recibido es que la opinión pública norteamericana siempre se pone de parte de los más débiles, en este caso los guerrilleros argelinos, y no de unas fuerzas militares que teóricamente eran superiores y perpetuaban la dominación colonial. El argumento de que el FLN simpatizaba con el comunismo y era apoyado por la URSS no habría hecho mucha mella en una percepción mayoritaria. Del mismo modo, Aron recordaba que ahora le tocaba a la opinión pública francesa admirar el heroísmo del Vietcong y el estoicismo de los norvietnamitas bajo los bombardeos. El argumento norteamericano de que estaban luchando por salvar a Vietnam del Sur del comunismo tampoco habría sido valorado.

La opinión pública y el paso del tiempo, que marchita las victorias, pueden derrotar a los ejércitos más poderosos. Esto es lo que sucedió en Vietnam hace medio siglo, con o sin papeles del Pentágono.

 


La caja de Pandora del presidente Wilson

No es un centenario para celebrar en la América de Trump. El 8 de enero de 1918 el presidente Thomas Woodrow Wilson leyó ante el Congreso sus  famosos catorce puntos para la paz y la organización de las relaciones internacionales con la vista puesta en el fin de la Primera Guerra Mundial. Cien mil soldados americanos murieron en las trincheras europeas y otros tanto fueron víctimas de la epidemia de gripe que barrió entonces el planeta. Hay quien piensa que EEUU debió de elegir otro método para convertirse en la primera potencia mundial. Inmiscuirse en los asuntos europeos contravenía el testamento de George Washington que había recomendado a sus compatriotas en 1796 justamente lo contrario. Un partidario de Trump, y que al mismo tiempo tuviera ciertas nociones de historia, nos recordaría que el demócrata Wilson llevó a su país a un gran error en política exterior: convertirse en apóstol de la democracia en el mundo. Fue la negación de America First , aunque los aislacionistas de la época de Roosevelt resultaron los verdaderos inventores de este eslogan, pero Wilson pensaba, sin duda, que EEUU ocuparía el primer lugar, en todos los sentidos, si asumía una activa participación en los asuntos mundiales.

Con Wilson primero, y más tarde con Roosevelt y Truman, surgió el concepto de EEUU como líder de Occidente o de lo que más tarde se daría en llamar mundo libre. Hoy en día es difícil, sin embargo, definir dicho mundo y más todavía designar a su líder. Tanto es así que algunos se preguntan si ese líder será Macron o Merkel. Más preocupante es que haya otros que afirmen que solo la Rusia de Putin encarna los auténticos valores de Occidente. Pero volvamos al centenario de un discurso del que salió la Sociedad de Naciones, la consagración del libre comercio internacional y la prohibición de la diplomacia secreta, aunque algunos condicionaron este límite a los tratados en su forma clásica y no a ningún otro tipo de acuerdo entre los gobiernos. Gran parte de los puntos abren la puerta al derecho de autodeterminación de los pueblos del Imperio austro-húngaro y otomanos, entre otros, además de reconocer la independencia de Polonia o garantías territoriales para los Estados balcánicos que lucharon en el bando de los aliados. Nada dicen, sin embargo, los puntos de la autodeterminación de Irlanda, que se habían sublevado contra los británicos en 1916.

En cualquier caso, los catorce puntos de Wilson van asociados históricamente al derecho de libre determinación, aunque no es menos cierto que en el discurso del presidente se emplea, sobre todo, el término autonomía que, evidentemente, no es sinónimo de independencia. No era esto un tema nuevo, pues en el siglo XIX se difundió en Europa el principio de las nacionalidades, aunque desde el mensaje wilsoniano se diría que el concepto de autodeterminación adquiere la categoría de pensamiento mágico. No deja de ser curioso que Isaiah Berlin vea sus antecedentes en la filosofía kantiana, de un racionalismo muy lejano del emotivismo nacionalista. Lo malo que el mejor de los mundos conlleva el riesgo de no conocer límites para alcanzar sus objetivos. El territorio en el que la inmensa mayoría de sus habitantes se autodetermina y vive allí feliz por los siglos de los siglos no deja de ser una utopía. Siempre habrá una parte de esa población que no acepte a las nuevas autoridades e impulse una secesión, y si no puede conseguirla desde el punto de vista jurídico u obtener un reconocimiento internacional, vivirá en la práctica como si las autoridades del Estado que nominalmente ejerce la soberanía no existieran.

Ejemplos de la historia en las últimas décadas sin agotar la lista: la isla de Mayotte prefirió estar bajo la soberanía francesa y no ser independiente como el resto de las Comores (1974-76); Nagorno Karabaj surgió como un enclave armenio independiente en Azerbaiyán (1988); la república de Transnitria no reconoce la soberanía de Moldavia (1990); la república Sprska en Bosnia-Herzegovina afirma su derecho a integrarse en Serbia pese a la confederación establecida en los acuerdos de Dayton; el referéndum de independencia de Montenegro en 2006 tuvo la oposición del 44% de los electores; la independencia de Kosovo en 2008 cuenta con el rechazo de los enclaves territoriales serbios que suman casi la mitad de la población de los mismos… ¿Y qué decir de los rusófonos de Ucrania oriental? Mientras tengan el apoyo ruso nunca consentirán en reconocer la soberanía de Kiev. ¿Y de las repúblicas de Abjasia y Osetia del sur? ¿Volverán a ser controladas por Georgia? Eran independientes de facto desde la caída de la URSS. Luego llegó la guerra de 2008, cuando la victoria rusa sobre los georgianos llevó a una secesión formal pese a la falta de reconocimiento internacional.

El presidente Wilson puso su granito de arena para abrir la caja de Pandora de la autodeterminación, pero incluso Lenin, defensor del principio de las nacionalidades, se aprovechó de su proyecto. Eso sí, Lenin era de los que sabían poner límites y lo hizo para construir su modelo soviético. No está tan claro que Wilson, un hombre del otro lado del Atlántico, antiguo rector de la universidad de Princeton e hijo de un pastor presbiteriano, tuviera claros los límites de la autodeterminación.


Xi Jinping y la revolución de 1917

En un reciente artículo del diario Indian Express se señalaba que Xi Jinping, líder del Partido Comunista Chino (PCCh), ha enterrado el espíritu revolucionario de 1917. Y si la revolución rusa no es conmemorada por todo lo alto en la Rusia de Putin, aunque tampoco se oculte el centenario del hecho, menos habría de serlo en la China actual, pese a que Xi Jinping se proclame heredero de Marx, Lenin y Mao.

No puedo estar de acuerdo con esta opinión porque es un enfoque que mira a la revolución rusa desde los  estrechos límites de la ideología. Si un régimen se adapta a los postulados clásicos del marxismo-leninismo, es fiel a la revolución. En caso contrario, no lo es. La principal objeción al régimen chino viene del lado de la economía. Su socialismo de mercado, o su capitalismo de Estado, sería la negación de unos dogmas económicos que apuestan por el colectivismo y rechazan la propiedad privada de los medios de producción. Pero otra objeción al PCCh es que no parece tener deseos de exportar su sistema político-económico al resto del mundo, algo que el maoísmo sí pretendía hacer.

Pese a todo, cualquier mínimo conocedor de los hechos históricos puede llegar a la conclusión de que sin la revolución de 1917 no hubieran sido posibles los actuales regímenes ruso y chino. En el caso de Rusia, la revolución puso fin a un sistema frágil en todos los aspectos, el de los zares, y convirtió al país, ahora bajo las siglas de la URSS, en una potencia global como nunca lo fue en su historia anterior. En consecuencia, la URSS no puede ser vista en la Rusia de Putin como una herencia negativa y vergonzante, tal y como pueda serlo el pasado comunista en países de Europa central y oriental. El comunismo sirvió para superar el estatus de potencia regional, al que Rusia volvió en la posguerra fría.

En China la palabra revolución despierta una cierta desconfianza, pues es sinónimo de inestabilidad y luchas internas, tal y como fue la revolución cultural de la época maoísta. Pero esto no quiere decir que en Pekín no se valore la revolución de 1917, que resultó una valiosa herramienta para la transformación de China en una gran potencia. La revolución leninista trastocó las estructuras de un país de mayoría campesina y de escasa industrialización, y en el que no arraigaban las ideas de la democracia liberal. Al zarismo le sustituiría un poder todavía más fuerte y centralizado. La China de 1917 presentaba similitudes sociales y económicas con Rusia, pero aunque era una república, después de la revolución nacionalista de 1911, las ideas democráticas occidentales tampoco triunfaron, pues la corrupción y la inestabilidad provocada por los señores de la guerra se habían adueñado del que en tiempos fueran un poderoso imperio. De ahí que la fundación del PCCh en 1921 fuera una cuestión de oportunidad para quienes defendían el nacionalismo y el antiimperialismo. De hecho, la manifestación estudiantil del 4 de mayo de 1919 en Pekín, dirigida contra un mundo organizado exclusivamente por Occidente durante la conferencia de Versalles, es conmemorada especialmente en la China de hoy y es considerada como uno de los primeros indicios del despertar del coloso chino. En China el nacionalismo y el comunismo son inseparables. El comunismo, desde los tiempos de Mao, ha demostrado ser más nacionalista que el nacionalismo del Kuomintang que se opuso a los maoístas en la guerra civil de 1947 a 1949.

La revolución de 1917 no se conmemora en China con grandes fastos, aunque sirve para justificar el “socialismo con características chinas”. Lo recordaba Xi Jinping en su reciente discurso durante el XIX Congreso del Partido: la revolución sirvió para fundar el PCCh con sus aspiraciones de independencia nacional, liberación, prosperidad y fidelidad. En su arsenal ideológico el PCCh no deja nada de lado, y también recordará en mayo de 2018 el bicentenario del nacimiento de Karl Marx. Un presidente chino que visite Alemania probablemente no deje de visitar la casa natal de Marx en Tréveris y si viaja a Londres, quizás tenga tiempo de rendir homenaje ante su tumba al fundador del marxismo. Por cierto, el último dirigente ruso que visitó la casa de Marx fue Breznev en el lejano 1978.

El régimen soviético tiene mucho que enseñar a los gobernantes chinos, sobre todo en el aspecto de la centralización del poder acompañado de una disciplina de hierro. No es necesario que el máximo líder chino tenga la crueldad de Stalin. Lo más parecido a eso fue la revolución cultural, sufrida por el propio Xi y por su padre, y es tiempo de pasar página. El líder no debe de infundir miedo en el conjunto de la población, como podía suceder con Lenin o Stalin. Antes bien, debe de gozar de un auténtico favor popular porque lucha contra la corrupción, quiere mejorar el nivel socioeconómico y colocar a China en el primer puesto de las potencias globales. Este es Da Xi, el tío Xi.

Por lo demás, estudiar el régimen soviético sirve además para no repetir sus errores. Hace unos años, una comisión de expertos, en la que participaba Xi, llegó a la conclusión de que el ejército soviético no había sabido defender al régimen en sus horas críticas. No era un ejército sovietizado o ideologizado. Así se explica la casi total pasividad de los militares ante el golpe de los comunistas radicales que intentó frenar en vano las reformas de Gorbachov en el verano de 1991. Dos años antes, los carros de combate chinos actuaron de forma muy diferente en la plaza Tiananmen. Nada habría que temer mientras el PCCh siga controlando el gobierno, el ejército, la sociedad y la educación. Este enfoque es muy leninista y no se explicaría sin el triunfo de la revolución de 1917.

Ni que decir tiene que el régimen chino es incompatible con la democracia liberal, pero esto no implica que los dirigentes comunistas pretendan exportar su revolución o presentarse como los guardianes de un paraíso proletario. En su opinión, exportar un modelo ideológico, como ha hecho EEUU, solo puede traer quebraderos de cabeza a quienes lo hacen y llevar a aventuras exteriores de incierto desenlace. Por el contrario, el objetivo de Xi Jinping es el “sueño chino”, que apunta a restaurar una antaño poderosa civilización bajo el liderazgo del PCCh. Desde esta perspectiva, China puede ser un modelo para nacionalismos autoritarios y populistas que quieran distanciarse de Washington.