Le Pen y Macron: la tierra, los muertos y la globalizacion

La victoria de Enmanuel Macron en la primera vuelta de las presidenciales francesas, sobre Marine Le Pen, aunque haya sido por un reducido margen, ha tranquilizado a los mercados y a Bruselas que ven alejarse de esta manera el fantasma de un Frexit. Se repetirá la historia de las elecciones de 2002: todos contra Le Pen, en este caso Marine, pues entonces era preferible para la izquierda francesa votar a un presidente bajo sospecha de corrupción a permitir una victoria de la extrema derecha. Relajación general en las primeras páginas de los medios informativos, hostiles por definición a Marine Le Pen. Se ha salvado la UE y de paso, el eje franco-alemán, dirían algunos. Sin embargo, la segunda vuelta conocerá  una campaña electoral encarnizada, en la que los asesores de la candidata del Frente Nacional (FN) quizás quieran plantear la lucha como una versión francesa del enfrentamiento entre Donald Trump y Hillary Clinton. En esta ocasión, es una mujer francesa la que pelea contra el establishment, contra el  ex banquero Macron que en su día trabajó para los Rotschild, contra los mercaderes de Bruselas y contra todos aquellos que quieren robar el espíritu de Francia en nombre de la globalización, la máxima expresión del nuevo totalitarismo sin rostro.

Pese a sus intentos de adoptar una imagen más atractiva para sus votantes, renegando incluso del legado político de su padre, Marine Le Pen no se ha apartado demasiado de la mentalidad de Maurice Barrès, aquel escritor nacionalista que en 1899 rendía culto en una influyente conferencia a la tierra y a los muertos. Los muertos no son otra cosa que el pasado glorioso de Francia. En este sentido, los muertos están bien vivos, como la Juana de Arco de los mítines del FN, que poco tiene que ver con la santa católica, y en esas reuniones políticas  a veces ha resucitado Carlos Martel, el vencedor de los musulmanes en Poitiers (732), al que algunos militantes llaman familiarmente Charlie Martel. Barrès profesaba una ideología con raíces en la tradición y en la tierra, que no es otra que la Francia campesina, y no es casual que uno de sus combativos libros se llame Los desarraigados. El escritor arremetía contra los partidos de su época que estarían secuestrando el espíritu de la Francia eterna, el de la tierra y los muertos. Dicho nacionalismo solo podía desembocar en agudas críticas de la democracia parlamentaria, considerada no representativa del auténtico pueblo hasta el punto de que un golpe de fuerza no sería censurable para derribar a los políticos corruptos. De hecho, la Tercera República francesa (1870-1940) conoció una abultada crónica de escándalos. En sus primeros tiempos, entre 1886 y 1889, hubo también un político populista, el general Georges Boulanger, aclamado por las multitudes y refrendado por los votos en París, aunque no se atrevió a dar un golpe bonapartista contra la República.

En cualquier caso, el resultado del 7 de mayo, si es favorable, como parece, a Macron, no será por una diferencia entre un 18 y un 82%, como sucedió el día de la confrontación entre Jean Marie Le Pen y Jacques Chirac en 2002. Marine Le Pen encuentra votantes en las regiones de un norte que ha visto  debilitado su tejido industrial o de una costa mediterránea, en la que predomina una inmigración norteafricana. No perderá fácilmente esos votantes aunque pierda las elecciones presidenciales y movilizará el aparato de su partido para la convocatoria a la Asamblea Nacional, prevista en junio próximo. El talón de Aquiles de Macron es no tener un partido consolidado detrás de él. Es el candidato de la Francia abierta al mundo y con un tejido industrial dinámico, el de las élites urbanas de París, Lyon, Burdeos y Toulouse. Sin embargo, su formación En marche, es claramente personalista. Esto no sirve para construir una sólida mayoría presidencial y aboca a un parlamento fragmentado que podría dar lugar a una compleja cohabitación. No cabe duda de que el FN hará lo posible para no facilitar las cosas al flamante presidente, además de  los otros partidos, en especial los socialistas y los republicanos, que no querrán ser marginados en la nueva situación política.

La batalla política francesa continuará en las elecciones de junio. No serán un trámite que reforzará al jefe del Estado, como en 2002, 2007 y 2012. Pero muy probablemente será el momento en que Emmanuel Macron adopte una cierta solemnidad gaullista, pues suele apelar al fundador de la Francia moderna como antecedente de su movimiento. No pensemos que la Sexta República, que no deja de ser un mito recurrente, vaya a sustituir  a la Quinta de la noche a la mañana.


La táctica de Donald Trump: la capacidad de resistencia y el curso de los acontecimientos

Hay analistas políticos que se pasan la vida esperando a que sucedan determinados acontecimientos que ellos han previsto. No pueden dar una fecha exacta de cuándo sucederán, aunque están convencidos de que existe una cierta lógica en los acontecimientos que tarde o temprano les dará la razón. Respecto a Donald Trump, decían que con una campaña llena de provocaciones, insultos y meteduras de pata, el multimillonario perdería frente a Hilary Clinton. ¿Quién habría de estar tan loco como para votar a un individuo impresentable? Cuando ganó, hubo quien apeló a su falta de experiencia para insistir en que la realidad podría a Trump en su sitio. El nuevo presidente sería posibilista y se convencería de que muchos puntos de su programa eran imposibles de realizar. Ya ha pasado más de un mes de la toma de posesión, y el candidato no se diferencia demasiado del presidente, aunque el reciente discurso del Estado de la Unión ha hecho que algunos observadores de la realidad política consideren que Trump también sabe, si quiere hacerlo, utilizar un tono distendido. Un ejemplo de un cambio en las formas pero no en el fondo del enfoque del inquilino de la Casa Blanca.

Ciertos detractores de Trump echan mano de la Historia para predecir el futuro. Se acuerdan de Richard Nixon y el Watergate, e incluso de Andrew Johnson, el sucesor de Lincoln, al que una mayoría republicana quiso someter al impeachment. Esperan que un escándalo periodístico o una rebelión entre los legisladores republicanos terminen con la destitución del presidente antes de acabar su mandato. De lo primero hay tema más que suficiente, pero si los medios no han podido acabar con el Trump empresario, no lo tienen más fácil con el Trump presidente. Respecto a la inminente rebelión republicana, cabe preguntarse, a día de hoy, quién está prisionero de quién: ¿Donald Trump del establishment republicano, o el establishment republicano de Donald Trump? Los legisladores conservadores han de andarse con ojo, pues una buena mayoría de sus electores ha votado por el presidente que les incomoda.

Otros críticos ponen sus esperanzas en los nombramientos efectuados por Trump. Tenemos el caso de Michael Flynn, de efímera trayectoria como consejero de seguridad nacional, si bien se ha considerado un acierto que el presidente haya designado al general Herbert McMaster como su sucesor. El motivo es que el carácter independiente de este militar, que no tiene reparo a decir lo que piensa, es visto como un contrapeso a la actitud impulsiva de Trump. El problema es que el comandante en jefe puede destituirle cuando quiera. Recordemos el caso del general Stanley McChrystal, que acreditó su experiencia en la lucha contra la insurgencia en Irak, pero sus críticas a la Administración Obama en Afganistán llevaron a su inmediata destitución. Mc Master, de acreditada experiencia en Irak y autor de una brillante tesis doctoral sobre los errores de la Administración Johnson en Vietnam, tiene derecho a cuestionar algunos miembros del entorno presidencial, si bien no puede salirse de su limitado papel de “consejero de príncipes”. Por lo demás, si aceptamos la idea de que Trump dirige la Casa Blanca al modo del presidente de una gran empresa, tendremos que admitir que los subordinados, por muy expertos que sean, están sometidos a la voluntad del todopoderoso mayor accionista de la corporación. Creer que Trump ha nombrado a personas de un acreditado currículo con el objetivo de descargar sus responsabilidades o suplir su falta de experiencia en temas políticos, es no haber entendido nada.

El candidato Trump presumió durante su campaña de tener stamina, que podría traducirse por capacidad de aguante. No le importa verse cercado porque está convencido de que la última palabra la tienen los electores. Son ellos los que valorarán su capacidad de resistencia, a veces incluso más que las realizaciones efectivas de su gobierno. La resistencia es un requisito indispensable en el combate contra la competencia en el mundo empresarial, en el que muchas veces se hace una plena realidad aquello de “el que resiste, gana”. Todo nacionalista, como el defensor del eslogan America First, es un resistente nato.  Sin embargo, no creamos que apuesta por la pasividad. En absoluto, pues Trump tiene la cualidad de aprovechar el curso de los acontecimientos para que influyan en su favor. Lo decía Marco Bruto, uno de los personajes del mejor teatro anglosajón, el de Shakespeare y su Julio César: Existe una marea en los acontecimientos humanos que si se toma en pleamar, conduce a la fortuna; pero que si se evita, todo el viaje de la vida resulta superficial y miserable; nosotros navegamos ahora en esa pleamar y debemos tomar la corriente cuando es favorable o perder aquellos que arriesgamos”. No lo decía mejor Bismarck cuando hablaba de que el estadista no puede obrar por sí mismo, solamente puede aguardar y escuchar, hasta oír resonar la voz de Dios sobre los acontecimientos y, entonces saltar adelante, y agarrar la punta de su manto. Lo que no está tan claro es si el canciller alemán sabía distinguir entre la voz divina y la suya propia.

Todo esto viene a cuento porque el escritor y periodista Mark Danner, un crítico de Trump, afirma que el presidente sabría aprovechar el acontecimiento si se produce un nuevo 11-S en suelo norteamericano. En ese momento la lucha de Trump contra las élites intelectuales y políticas, podría transformarse en la página heroica de la resistencia de un pueblo contra un agresivo espíritu del mal encarnado por el terrorismo islamista. Lo peor de ese tipo de discurso político, impregnado de recursos emocionales, es que tiende a convertir en cómplice del terror, aunque solo sea por omisión, a cualquier voz discrepante.

En resumen, Donald Trump será para sus oponentes un adversario duro de pelear. El principal punto débil de este genio de la táctica, que no de la estrategia, es que esté demasiado  seguro de sí mismo y sea incapaz de percibir todas y cada una de las consecuencias del curso de los acontecimientos.


Conferencia de Seguridad de Múnich 2017:aplausos tibios y preocupación por Occidente

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La Conferencia de Seguridad de Múnich, celebrada anualmente en febrero, no ha servido para tranquilizar a los aliados europeos a un mes de la toma de posesión del presidente Trump. No ha acudido, desde luego, el mandatario americano, pues prefiere cultivar el favor del electorado de la América que le respalda con una agenda más volcada en los asuntos internos, sociales o económicos. La política exterior la deja para sus subordinados, cuya misión se ha reducido a intentar tranquilizar o matizar las opiniones controvertidas de Trump, aunque poco se puede explicar de sus silencios, que son el terreno favorito para las ambigüedades de una presidencia cuyo rasgo principal es la capacidad de resistencia del inquilino de la Casa Blanca ante las tormentas mediáticas, sociales o políticas.

El secretario de Defensa, Jim Mattis, habló del legado de la libertad y la amistad en la Alianza Atlántica, o de trabajar juntos para un futuro pacífico o próspero, sin dejar de recordar que no solo existen las realidades estratégicas sino también  las  necesidades políticas, que hacen indispensable compartir las cargas económicas de la seguridad. No era un discurso fervientemente atlantista, centrado en los valores compartidos, pero tampoco era  del todo novedoso. Obama habría sido menos explícito que los miembros de la Administración Trump en las exigencias económicas, si bien compartía este punto de vista y su europeísmo siempre resultó poco convincente ante quienes creían que EEUU estaba desplazando sus intereses a las orillas del Pacífico. Pero la intervención del vicepresidente Mike Pence en Múnich no fue más afortunada, pese a insistir en que EEUU apoya fuertemente a la OTAN, aunque repitió que los costes deben ser compartidos. No faltaron tampoco los recuerdos históricos: caída del muro de Berlín, liderazgo de Reagan, Thatcher, Kohl, Walesa, Havel… Sin embargo, su discurso solo alcanzó aplausos tibios.

En resumen, ¿alguien se creyó que la relación trasatlántica seguiría como hasta ahora, o incluso más potenciada, si los aliados incrementaran sus gastos de defensa?

La preocupación ante los discursos de los representantes de la Administración Trump en Múnich va más allá de lo meramente económico o estratégico. Lo que está en juego es el concepto de Occidente, tal y como lo hemos conocido desde el final de la II Guerra Mundial. EEUU no cometió el error de desentenderse de Europa, tal y como había hecho en la contienda anterior, y promovió una alianza de las democracias de Europa y América del Norte frente al bloque comunista. Esta alianza, la OTAN, actuaba en paralelo al proceso de integración europea, aunque en algunas ocasiones afloraran sonoras discrepancias entre europeos y americanos. Finalizada la guerra fría, las ampliaciones de la OTAN y la UE pretendieron ser un ejemplo de que Occidente expandía sus valores, aunque el tiempo ha demostrado que el apresuramiento en algunas adhesiones de países, en aras de la estabilidad, no resultó un buen consejero.

Sin embargo, los problemas de la relación trasatlántica también se encontraban en territorio estadounidense. Hablando con franqueza: el presidente de EEUU fue tradicionalmente identificado como el líder del mundo libre. Aquí está mi pregunta: ¿cuál fue el último presidente americano que se identificó como tal, no solo en las palabras sino en los hechos? George W. Bush no vio reconocido su liderazgo por destacados aliados europeos por haber desencadenado la invasión de Irak, pese a alegaraque lo hizo por librar al mundo de una tiranía; Barack Obama, pese a la brillantez de sus discursos, daba a veces la impresión de ser un primer ministro canadiense, por no decir australiano… ¿Y qué decir de Donald Trump, y de su América First? Habrá que dejar que los historiadores diluciden si el último líder del mundo libre fue Bill Clinton, George H. W. Bush o Ronald Reagan.

Con todo, el senador republicano por Arizona, John Mc Cain, que asiste desde hace cuatro décadas a la conferencia de Múnich, tiene las cosas más claras. A sus ochenta años, este crítico de Trump y rival de Obama en la elección de 2008, ha expuesto en la capital bávara su preocupación por el deterioro de los valores universales en el mundo actual y el resurgir de valores basados en la raza, la sangre o el sectarismo. Pero su mayor inquietud proviene de su sensación de que EEUU pretende abandonar el liderazgo global. Es evidente que el escenario internacional ha cambiado, aunque McCain matizó que se deben apreciar los límites del poder americano sin cuestionarse los valores del bien y la justicia que se identifican con Occidente, y añadió: “Debemos entender y aprender de nuestros errores, pero no podemos quedarnos paralizados por el miedo. Esa es la definición de la decadencia… Nuestros adversarios saben que poco tienen que ofrecer al mundo más allá del egoísmo y del miedo. Por tanto, intentarán minar la confianza en nosotros mismos y la creencia en nuestros propios valores”.

No faltarán quienes afirmen que ni Mc Cain, ni su país, pueden presumir de ser la encarnación del bien. Es cierto. No hay ser humano, ni partido político, que tenga el monopolio de la bondad. Pero también estoy seguro de que muchas personas, aunque no compartan el punto de vista de Mc Cain, sí estarán de acuerdo con la cita que el senador hizo del discurso de William Faulkner al recibir el Premio Nobel de Literatura, cuando afirmaba su negativa a creer en el final del hombre y proclamaba que es inmortal, pues tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, sacrificio y resistencia. No es difícil asegurar que Faulkner hubiera estado también en contra de esa conculcación de los valores occidentales que implican los decretos anti-inmigración de Trump.

Algo positivo se puede concluir de la conferencia de Múnich: hay quienes se resisten a aceptar el final de Occidente. En este sentido, el ministro ruso de asuntos exteriores, Serguei Lavrov, no se ha privado de hablar en la ciudad alemana de “un mundo post-occidental”. Pero probablemente no lo habría hecho si Donald Trump no estuviera ocupando la Casa Blanca.


El adiós a la Historia del presidente Obama

La era Obama ha terminado. Pocas veces un presidente despertó tantas esperanzas y expectativas. En el verano de 2008 era un candidato singular, capaz de reunir multitudes en la puerta de Brandenburgo berlinesa, como si de un nuevo Kennedy se tratara, y un año después se le otorgaba el Premio Nobel de la Paz, no tanto por los méritos realizados sino por las ilusiones despertadas. Al recoger su galardón en Oslo, el presidente pronunció un discurso sobre la guerra justa que ningún líder de la Europa posmoderna hubiera asumido, pero los políticos europeos y a los medios de comunicación optaban entonces por una Obamanía acrítica, un producto más de imagen que de contenidos.

Barack Obama tenía un sentido de la Historia, al que no están acostumbrados los políticos europeos, con la posible excepción de los franceses, y seguramente tampoco lo están sus compatriotas de la segunda década del siglo XXI. Se trata de una visión de la Historia, en la que son habituales las comparaciones con otras presidencias del pasado, y ese enfoque histórico llega a ser utilizado por los analistas –y los propagandistas- para escudriñar el rumbo de la presidencia. En el primer mandato, se diría que Obama pretendía transformarse en un Lincoln, al ser el primer presidente negro que llegaba a la Casa Blanca o al desplegar una amplia capacidad para integrar a sus rivales del partido demócrata. Con todo, al ser una época de crisis económica, las comparaciones más socorridas podían ser las de un Roosevelt, con sus programas de intervención del Estado en la economía. Además, si se trataba de desplegar ilusiones colectivas, el modelo imprescindible parecía el de Kennedy, con atractiva pareja presidencial incluida.

Hace ocho años, Obama declaró que su filósofo de cabecera era el teólogo protestante Reinhold Niehbur, el hombre que en La ironía de la historia americana, denunció las tentaciones del poder y puso en duda que EEUU fuera la “nación indispensable”. Con el paso del tiempo, Obama dejó de mencionar a esta voz crítica de los años posteriores a la II Guerra Mundial, acaso porque un presidente no puede cuestionar abiertamente la política exterior de sus predecesores, si bien esto no le impidió marcar distancias con George W. Bush al retirar a las tropas americanas de Irak a finales de 2011. Decisiones de este tipo sirvieron para que los adversarios de Obama compararan su política exterior con la de Jimmy Carter, considerado un hombre indeciso y un blanco de humillaciones. Estos reproches se avivaron tras el asalto al consulado americano en Bengazi y el no cumplimiento de la promesa de atacar al régimen de Asad en Siria por haber utilizado armas químicas.

¿Cómo respondió Obama a sus críticos? Presentándose como un admirador del presidente republicano Eisenhower, que no quería llevar al país a guerras costosas e impopulares. Las crisis de Suez y Hungría en 1956 pretendieron ser una demostración, aunque ello exasperara a algunos aliados, de que la fuerza militar no siempre sirve para resolver los problemas. De hecho, Obama citó a Eisenhower en un discurso en la academia militar de West Point en 2014, al asumir su percepción de que la guerra es trágica y estúpida, y que no es conveniente buscarla y menos aconsejarla. En este sentido, al igual que Eisenhower, Obama prefería las operaciones encubiertas, tal y como se demostró con la eliminación de Bin Laden y el uso habitual de drones.

Obama presumía de no tener una doctrina específica en política exterior, aunque muchos quisieran encasillarle en las filas del realismo. Decía admirar a George H. Bush, que en  la guerra del Golfo (1991) no quiso terminar el trabajo de liberar Kuwait con la caída del régimen de Sadam Hussein, pues temía las consecuencias de alterar el estatus quo. Se dio además el caso de que se le comparara con Richard Nixon, el presidente que se retiró de Vietnam y abrió una nueva era de relaciones con China. Sin embargo, Obama se marchó de Irak sin lograr por ello un acercamiento a Irán.

El presidente Obama, audaz y ambiguo al mismo tiempo, pretendió alcanzar un complejo equilibrio entre intereses y valores. El problema es que, quizás sin pretenderlo, decepcionó a muchos de los aliados de Washington en Oriente Medio, Asia y Europa. Seguramente no creía en el excepcionalismo americano, pero los aliados no querían desprenderse de la sombra protectora de EEUU y menos todavía alterar el escenario geopolítico. El vacío de poder, o la apariencia del mismo, les produce pánico, y esta percepción puede influir negativamente en el juicio de la Historia sobre el presidente Obama.